miércoles, 9 de abril de 2014

Los Devoradores de Planetas


Breve Sinopsis:




   Toda criatura racional, orgánica o no, creada por Dios a su imagen y semejanza, es humana sin importar dónde se encuentre.
   Los Devoradores… provienen de universos cercanos. Ingresan como una puñalada en el espacio-tiempo y llegan a la Tierra. Traen una orden de Dios. El hombre 
debe irse a Marte. Es la única opción de supervivencia. Pero  muy, muy pocos podrán hacerlo.
   Se infecta la atmósfera. La civilización se tambalea. Los sobrevivientes vuelven al Paleolítico y forman manadas para depredar alimentos. La Tierra pierde la mitad de su biomasa.
   La especie humana, un apuesto falso coronel de la Agencia Europea del Espacio y una eminente bióloga española en silla de ruedas, directora del Centro Europeo de Microbiología e Investigación Genética, transgresora, inmoral y viciosa, son los protagonistas
.

 Advertencia:

   Este es el libro del fin del mundo. De la fragilidad de la civilización humana. Basta una sola nave espacial en la atmósfera de la Tierra para que comience el descalabro.
   El ser humano fue creado por Dios, pero en Marte. La Tierra era un desierto y Marte, un vergel. Allí, en el Jardín del Edén, el barro era de muy buena calidad.
   Pero llegaron Los Devoradores… Expulsados de Marte, el hombre y la mujer fueron enviados a colonizar el árido planeta más cercano. La historia que contaría luego la Biblia fue un ardid para que la culpa recayera sobre las peligrosas criaturas que emergieron de una sola costilla. Eran capaces de enarbolar el miembro del hombre, mientras que Dios, por más que lo intentaba, nunca lo conseguía.
   Los hechos aquí relatados sucedieron en la Tierra a principios del siglo XXII. Los Devoradores de Planetas provenían de universos sin tiempo y llegaban a destino antes de partir.
   En medio de la devastación que sufría entonces la Tierra, yo, el comandante supremo, estaba enamorado. Ella —conviene aclararlo— me admiraba a mí, pero amaba a otro. Todos obedecían mis órdenes. Solo dos ojos negros apuntaban hacia otro lado.
   Como bien dijera uno de los alienígenas —que había viajado mucho—, estas cosas sucedían solamente en la Tierra.

Vladimir Sergéevich Popov
General de División
Comandante en Jefe del Estado Mayor Conjunto de la Tierra



Comentarios de Rebeca Santos
 Licenciada en Letras Españolas
Universidad Autónoma de Nuevo León
Monterrey, N. L. (México)


   He leído "Los Devoradores de Planetas" casi de un tirón. Me capturó desde el inicio. ¡Menuda sorpresa me llevé! ¡Qué historia!, y ¡qué bien contada! La intensidad de la acción va aumentando de manera paulatina primero, para luego irse convirtiendo en un furioso huracán. El autor concede, a trechos, un descanso... Obsequia a sus lectores episodios exquisitos que contrastan con el estrujante tema de la novela.
    Por otro lado, encontrar humor y ternura en una historia de esta índole fue refrescante. Solo por ello resolví perdonarle al autor tanta truculencia.
   El epílogo y final de finales conforman un plus excelente. El autor traza pinceladas de alegres colores que palían el efecto que esta original historia produce: una sacudida trepidante.
   Creo que el tema de esta obra es muy difícil de concretar. Sin embargo, el autor lo maneja de manera magistral. Me sentí transportada a los escenarios en que se desarrolla la historia minuto a minuto.
   Una recomendación: cuando lean esta novela, ¡¡¡abróchense el cinturón!!!
 

 




DOS PÁGINAS


 


 

   La esperada réplica de los alienígenas se produjo al fin. Las predicciones de la doctora Genoveva comenzarían a cumplirse. Ya no se trataba de arruinar cosechas ni de oscurecer ciudades. Esta vez, el ataque vendría directamente de Dios.
    Las tres naves que se mantenían a mucha altura sobre Madrid —encima de la jefa, pero mimetizadas con el espacio—, aparecieron, de súbito, al amanecer del 9 de abril de 2101, un hermoso día de primavera, en el hemisferio norte. Como era habitual, dieron varias vueltas a la Tierra antes de entrar en acción.
   Luego se dirigieron al Atlántico Norte, por debajo del círculo polar Ártico; al norte de Islandia y al sur de la solitaria isla de Jan Mayen. Una zona de escaso tráfico marítimo. No había tierra habitada en las inmediaciones. Al este estaba la península escandinava y el continente europeo. Al oeste, la isla de Groenlandia y el continente americano. En medio del océano, las tres naves se estacionaron a muy baja altura, casi al ras de las aguas. El cielo se encontraba despejado y el mar, en calma. El Sol comenzaba a elevarse.
    Se colocaron juntas, tan juntas, que parecían tocarse o, en verdad, se tocaban. Las tres pizzas formaban una inmensa figura triangular de bordes redondeados y de doscientos kilómetros por lado. En el centro dejaban un gran círculo descubierto. En esa posición, se interpusieron entre los rayos del Sol y el océano Atlántico. Una gran penumbra cayó sobre la superficie del mar y su temperatura comenzó a bajar en un área de 40 000 km2.
  El hueco que dejaban las tres pizzas al unirse actuaba como una gigantesca lupa que concentraba los rayos del Sol y elevaba la temperatura de las aguas en ese punto. Las pizzas comenzaron a girar a gran velocidad sobre el centro del triángulo.
    Parecían una enorme rosquilla. La radiación solar en el foco aumentaba peligrosamente. La periferia estaba cada vez más fría y el centro, más caliente. Los rayos del Sol, en el cenit, caían a plomo sobre el espacio libre. Al mediodía del 9 de abril de 2101, un día despejado y con el Sol en lo alto, una extensa área del Atlántico Norte se encontraba bajo la oscuridad, el frío y el intenso calor provocado por las naves alienígenas.
    Un viejo carguero, el Westfors, de bandera sueca, que se dirigía a Groenlandia, se vio, de golpe, navegando bajo las pizzas y sumido en la penumbra. Emitió un aviso de alerta amarilla por probable cambio de clima en la zona. Al poco rato, envió un radiograma de alerta meteorológica de nivel naranja, seguido casi de inmediato, por otro de nivel rojo.
    El mar había comenzado a agitarse. Grandes olas se formaban en la superficie. Se estaba gestando una tromba marina de extraordinarias proporciones. Lejanos destellos de luz en el horizonte interrumpían la penumbra del mar. El capitán del Westfors tenía la piel de gallina. Sabía que no era el cielo lo que estaba encima de él, pero no quería verlo. Necesitaba conservar la calma, saber qué estaba ocurriendo. ¡Maldita oscuridad que no le dejaba ver nada! El capitán ordenó encender los reflectores. El aspecto del mar era sobrecogedor. La temperatura había subido a niveles inconcebibles. En las cartas marinas, los vientos predominantes eran del oeste, pero las ráfagas calientes que el capitán sentía en su rostro provenían del este. Conocía a fondo esas aguas: era su mar. Navegaba por él todos los días.
    Observó dos hechos alarmantes y se felicitó por haber encendido los reflectores. El viento, encajonado entre el mar y las gigantescas naves sobre su cabeza, había comenzado a soplar con furia inaudita. Las grandes olas iban en dirección contraria y estaban formando, delante del barco, un remolino de gran tamaño que comenzaba a elevarse. Era un enorme torbellino cuyo diámetro no podían abarcar la luz de los reflectores. Una gigantesca columna de agua estaba tomando altura. Por encima del capitán, las gigantescas naves ganaban altura para dejar lugar al inminente tornado. La oscuridad disminuía.
    Sin ser un consumado meteorólogo, pero con la experiencia de miles de millas en ese mar, el capitán comprendió que estaba frente a un huracán marino en formación y cuyas proporciones tendrían que ser abrumadoras. A punto casi de ser absorbido por el embudo de agua, el capitán pudo virar a tiempo. El Westfors abandonaba la zona a toda máquina.
    Las naves rompieron su formación de rosquillas. Se elevaron junto con la columna de agua y volvió la luz del día. El capitán, presa del pánico, miró hacia atrás. Una gigantesca tromba se estaba elevando a sus espaldas. Envió aviso urgente de evacuación a cualquier buque que pudiera estar en las inmediaciones. Algunos barcos pudieron alejarse rumbo al sur. El tráfico aéreo fue suspendido ni bien se recibió el primer aviso del Westfors. El Atlántico Norte se estaba vaciando con gran precipitación.
    El capitán del Vikingland, un navío de gran porte y bandera noruega navegaba a cierta distancia con destino a Islandia. Su capitán decidió regresar a la seguridad del puerto de Trondheim. Fue una decisión desafortunada.