Adan y Eva, la verdad

LA VERDADERA HISTORIA DE ADÁN Y EVA

Todo esto comenzó hace cientos de miles de años. Tantos que no los recuerdo exactamente... Pero fueron muchísimos.

En aquel tiempo solo existía el Embeleso, el Universo en toda su magnificencia… Mirar a lo alto y abrir los brazos… Así era entonces el Universo Magnífico… Tiene varios nombres, Naturaleza es uno. También la llamamos la Creación porque era la madre de la Tierra y del Universo en pleno. El comienzo y el fin. Madre e hijo. Una entidad femenina, pero masculina[1]. Había dado a luz el Universo siendo el mismo Universo. La perfección absoluta. La virginidad auténtica. La fecundación de la Naturaleza. Un parto completo. Imagina el Cosmos en pleno, naciendo de un vientre minúsculo y expandiéndose por el espacio que iba creando a su paso. Tal es la fuerza del parto de la Naturaleza. Ahora, unos dicen, que se trataba de una explosión, pero en realidad fue un parto, un alumbramiento.

Llamaremos Dios a la razón de todo lo femenino y todo lo masculino. Es el nombre más conocido y —para que la historia humana tenga sentido— es necesario que sea un elemento de la Naturaleza. Así puede existir el hombre. Si no fuera así es obvio que no podía haber creado nada. Ni un ser humano siquiera. Para ser Dios es necesario pertenecer al Universo.              

Hay algo muy importante acerca de Dios que nadie sabe y constituye un secreto celosamente guardado durante milenios. Los libros sagrados, expuestos al público, ocultaron este detalle. Pero figura en otros.

En lo más recóndito de la fortaleza del Cristianismo, en La Piedra que se encuentra en Roma, se conserva, severamente custodiado, un grupo de antiguos documentos rescatados del olvido por algunos arqueólogos —todos misteriosamente asesinados —, donde, en varios idiomas se describen los sucesos narrados por los profetas, la creación del mundo, del hombre y de la mujer. Hoy en día se conoce a ese conglomerado de vetustos pergaminos y piedras talladas encontradas en diversas partes del mundo, como el Auténtico Testamento. En él se menciona la creación del hombre y, por primera vez, el gran secreto de Dios.

Se trata de la estulticia de Dios y de su mal genio. Cada una de estas características no son para alarmarse, pero juntas constituyen un serio peligro. En los círculos del poder religioso se sabe que Dios es una entidad infinitamente bondadosa, inteligente, omnipotente y en eterno presente. La bonachona estulticia divina y su mal genio son secretos muy bien guardados. Reflexionando sobre el tema se concluye que Dios no tiene porqué ser muy avispado. Basta con la omnipotencia y las demás cosas.

No es que sufra de alguna falla del entendimiento. Es tan, pero tan bueno, que su torpeza se desprende de esa infinita bondad. Si por ejemplo, Dios fuera un poco listo, sabría de inmediato que no podría tener todos los atributos que cree tener. Imposible hacer todo lo que le diera la gana. De modo que, en la Naturaleza se da por sentado que, para que un Dios sea perfecto, es inevitable que sea un poco tonto, sin que lo sea de manera permanente, sino tan solo durante algunos episodios aislados. Así es como tiene sentido explicar la Creación, incluyendo esos períodos. Es la única manera de entender lo que realmente sucedió entonces.

A posteriori se escribieron muchos libros. Sagrados unos y profanos otros. En todos se ocultó esta situación y se mencionaba a Dios como la inteligencia absoluta. No hubo engaño ni mentira. Tan solo se ocultó los períodos de estulticia divina, seguidos generalmente de sus respectivas rabietas. Es parte de la perfección. Se puede ser la inteligencia perfecta sin que eso signifique que sus acciones sean perfectas. Lo serán para Dios, que quedó muy satisfecho, pero quizás no lo fueron tanto para los hombres ni para el resto de las criaturas del Universo, incluyendo las inanimadas...

La realidad de Dios es que, siendo una entidad tan perfecta, lo es hasta en la propia estulticia. Es así aunque suene extraño… Nadie lo sabe en la Tierra. Hay que prestar atención a ciertos sucesos —como los que siguen— para comprobarlo.

En ese entonces la Tierra estaba repleta de criaturas que cumplían el ciclo formal de la vida y procuraban su satisfacción. Solo les interesaba eso. Para ello era necesario comerse los unos a los otros. La vida de algunos se compensaba con su ausencia en otros. La cantidad de materia viva disponible es siempre la misma. Se la van pasando unas especies a otras. Es la ley fundamental. Si uno está vivo, es que otro ha muerto.

Pero en aquel tiempo no existía la idea de la muerte. Se trataba de vivir o de no vivir. De estar vivo o de no estar. Los cadáveres eran devorados sin saber exactamente que eso era la muerte. Tardaría unos siglos más.

La creación del Universo fue una sucesión de acciones descontroladas, algunas acertadas y otras sin sentido. Así funciona la estulticia. Dios obra por impulso y sin medir las consecuencias. Es como un niño jugando con una bomba atómica.

En la Tierra, el Bien y Mal eran la misma cosa. Ambos constituían la Creación. La vida se desarrollaba bajo el salvajismo de las conductas. Nadie se quejaba.

Por otra parte, Dios nunca fue una entidad individual, como se cree habitualmente, sino una auténtica oligarquía. Estaba compuesto por un grupo de entes que representaban el poder Cósmico, el poder de la Naturaleza. Las leyes de la Materia, el Viento, la Lluvia, el Fuego. Estos eran algunos de los factores de poder que formaban a Dios. Un grupo elitista. Así es la Nobleza del Universo. Nunca se está solo en el poder. Dios es algo así como una oligarquía cósmica, una aristocracia divina... o como España, un cúmulo de poderes contradictorios.

Estas entidades de poder recibieron distintos nombres otorgados por el hombre. Es muy difícil pensar en estas cosas porque se es uno y varios a la vez. A la Nobleza Divina no le importaba sostener a un Dios torpe, así como un grupo de nobles oligarcas, con tal de conservar sus privilegios, sustentan a un rey poco avispado.

A cada error de la Creación le sucedía otro peor, en su afán de remediar el primero. Así se iban aplicando sucesivamente parche sobre parche. A la Nobleza no le importaban mucho estas cosas, puesto que los perjudicados siempre eran los otros.

Un buen día Dios dijo algo acerca de hacer una criatura a su imagen y semejanza. No se sabe a ciencia cierta a quién se lo dijo, creo que hablaba solo, ya para entonces no estaba bien de la cabeza. Esto nadie lo sabía por dos razones fundamentales. Porque era Dios y porque no había nadie más por allí.

La Nobleza le decía que sí a todo. Es probable, que alguno de ellos haya relatado el Auténtico Testamento, previendo el futuro desastroso que se avecinaba, como si hubiera querido exculparse a sí mismo.

En aquel momento Dios, solo, sin ayuda y sin pedir consejo a nadie, creó al hombre. Le salió quejoso y caprichoso por demás; erguido en dos extremidades alargadas y con un extraño utensilio colgando de la entrepierna. Ni bien le dio la vida comenzó a quejarse de todo. Nada le conformaba.

La creación de esta criatura es la mejor prueba de la estulticia divina. Dios no reflexionó demasiado porque tenía un pensamiento cuántico, es decir pensaba por partículas a medida que sucedían las cosas. No daba para más. Una vez creado el hombre, su próximo pensamiento fue preguntarse para qué podría servir esta criatura quejosa y antojadiza con un extraño instrumento colgante.

Ambos se miraron con los ojos abiertos preguntándose lo mismo, supongo que en un idioma muy extraño.

— ¿Qué cosa eres tú?

A la sazón Dios no sabía lo que era el sexo. Suponía que las cigüeñas y los repollos se encargaban de las cosas relacionadas con la reproducción. Las criaturas de la Tierra nacían, copulaban y morían. Él mismo carecía de un sexo definido. No había nadie para darle explicaciones. Un padre hubiera sido oportuno. Pero todos sabemos cómo son los padres a la hora de enseñar las cuestiones sexuales.

—Si ese adminículo está allí, por algo será— se dijo Dios mirando la ridícula figura del hombre, caminando patizambo con una especie de rabo carente de sentido. En seguida agregó.

—Crearé otra criatura para que se ocupe de esa cosa.

La Creación era simplemente eso…, ir tapando agujeros. Dios pensó que bastaba con crear una criatura, en cuya entrepierna se encuentre lo opuesto al adminículo que ostentaba el hombre. La unión de los opuestos.

Aquí empezó la historia de verdad.

No solo lo pensó, sino que también lo hizo. Era caprichoso. De allí la imagen y semejanza. No sabía la que se venía encima. Quizá lo supiera porque es una entidad perfecta en eterno presente, pero como no era muy avispado, no lo habrá tenido en cuenta.

Manipulando el cuerpo del hombre, metiendo la mano y revolviendo todo en busca de un objeto interesante, extrajo una costilla. La miró reiteradas veces. No sabía para qué servía. A pesar de haberla diseñado hacía unos momentos, no recordaba su función.

Sin poder encontrarle una utilidad para sus fines arrojó tras de sí la ridícula costilla, con tal fuerza, que fue dando tumbos hasta quedar atrapada entre las ramas de un árbol, del que colgaban coloridos frutos.

Se quedó cabizbajo pensando que otra cosa podría extraer ahora del individuo. Ambos estaban apesadumbrados y en silencio. El hombre en el suelo, molesto y con su interior todo revuelto. Su rostro se alzaba mirando a Dios y sus labios se abrían para comenzar a quejarse. Dios ya estaba fatigado. No solo de escuchar sus constantes lamentos, sino también de preocuparse por demás de ese adminículo...

De pronto se escuchó una voz cantarina que pedía auxilio en un idioma desconocido. Por primera vez en la historia se escuchó el tono plañidero de la coquetería femenina. La voz continuó pidiendo auxilio. Parecía que no pensaba callarse... y no se calló durante los siguientes milenios.

Dios cayó en la trampa. Fue el primero. Desde entonces han caído muchos más. Se volvió y quedó absorto contemplando como la figura de la mujer descendía graciosamente de las ramas del árbol y se mostraba ante ellos.

La nueva criatura era hermosa y bien desarrollada. En su entrepierna se alojaba orgullosamente una grieta destinada a acoger en su interior el utensilio masculino. Dios la contemplaba jactancioso. Estaba envanecido de su creación. La criatura era muy agraciada.

Al avanzar la mujer hacia donde estaban ellos, sintió que lo invadía una sensación extraña, totalmente desconocida para quien ya las había experimentado todas. Sintió que un irritante escozor lo recorría por completo[2].

La presencia del cuerpo femenino, así de improviso, desnudo y donoso, turbó a Dios que bajó la vista. No se lo esperaba. Por otra parte era normal que estuviera desnuda. Todos estaban desnudos.

El hombre, que se había incorporado, permanecía quieto, en silencio, mirando asombrado la escena. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos. Estaba situado a medio camino entre la mujer y Dios. Entonces fue cuando comenzó a suceder la Historia.

La mujer se acercaba, Dios miraba y el instrumento del hombre se elevaba.

Al ver este espectáculo el Creador se transfiguró por completo. Él no tenía nada parecido, capaz de subir, bajar y acalorarse. Tampoco el instrumento del hombre se elevaba cuando él estaba cerca. Su mal genio comenzó a mostrarse como un volcán en plena erupción. Ríos de fuego se elevaban a lo alto. Comenzaron a fluir los pecados uno tras el otro. Siete en total. Pero nada de lo que le estaba sucediendo era precisamente malo... Como sabemos el Bien y Mal estaban juntos. La envidia, el rencor, los celos eran solo componentes del total.

Pero ese era un día nefasto. Confundido al ver este espectáculo… Dios se dijo a sí mismo.

—He aquí algo que yo no puedo hacer.

Tenía razón. Entonces comprendió todo. Esa nueva criatura tenía el poder de elevar el miembro masculino. Un poder del cual él, el Todopoderoso, carecía… ¿Se habría equivocado? Había dicho a nuestra imagen y semejanza.

Lo que sucedió fue un exceso de semejanza. Una criatura con mayor poder que Dios. Del orgullo pasó a la desesperación. La situación era grave. ¿Qué hacer? Era muy poderoso, pero no podía deshacer lo ya creado. La facultad de deshacer tardaría muchos siglos todavía.

Entonces sucedió la gran catástrofe. Dios estaba desorientado sin saber qué camino seguir. La situación lo había desbordado. Para reparar su error, sin pensarlo dos veces, cometió otro mucho más grave. Implantó la prohibición.

Conminó a esa criatura a que obedezca sus designios con la oculta intención de privarla del poder sobre el miembro de la otra. No sabía bien que otra cosa podía prohibirle. Su mente necesitaba tiempo para funcionar y esa criatura comenzaba a mirar, con glotona avidez, el chirimbolo masculino. No estaba dispuesta a esperar

No se le ocurrió nada mejor que prohibirle comer las frutas del árbol del cual venía. Para atemorizarla nada mejor que enviar a una serpiente con la orden.

La seductora serpiente, al ingresar a la escena, hizo otra cosa. Todavía no era malvada. Dios se había adelantado. El desdichado reptil, ignorando que estaba escribiendo la historia de la raza humana, comenzó ascendiendo por el cuerpo de la hembra sin dejar de mirarla a los ojos. Enroscándose por una de sus piernas frotó su cabecita por el pubis, mientras que con sus vibrantes lengüetazos rozaba el clítoris con ambas puntas alternativamente. Su cabeza iba y venía del clítoris a los ojos. La miraba con fijeza, hipnóticamente.

De pronto desvió su vista hacia donde estaba el hombre y lanzó varios lengüetazos en su dirección, invitándolo a contemplarla atentamente. Entonces desenroscó su delgada cola elevándola hasta la entrepierna de la mujer y, apuntando con el extremo, lo introdujo, lenta y delicadamente en la hermosa grieta que Dios había dispuesto en ese lugar. Así es como le enseñaba lo que debía que debía hacer y cómo hacerlo. El hombre, entusiasmadísimo, no se perdía detalle.

Así, masturbando la serpiente a Eva, comenzó la historia humana, con una paja.

La mujer lanzó una carcajada al oír la prohibición que venía de Dios. Era tarde, ya había conocido el placer gracias a la serpiente. No estaba dispuesta a ceder ante semejante desatino. Obviamente hizo lo que quiso.

La serpiente, lejos de asustarla, la excitaba aún más. Era un enorme miembro que se doblaba, la rodeaba de atenciones y en medio de sus espasmos, le entregaba la manzana que pasó a ser el símbolo del semen que se acumula en el hombre. Ella se comió toda la manzana.

Dios no pudo evitarlo. Todo estaba perdido. Nadie le hizo caso ese día. Ni la serpiente ni la manzana. En su oscura fantasía había incitado a la mujer a desobedecerlo.

Pensando ahora con frialdad en ese aciago día, es probable que en realidad quisiera tener un miembro para que ella lo levante y le muerda la manzana.

Comprendió un poco tarde que podía prohibir todo lo que se le ocurra, pero carecía de

autoridad para ser obedecido. Aprendió que el poder no está en quien manda sino en quien obedece. La mujer, desobedeciéndolo en presencia de toda la Creación, lo había puesto en ridículo. Ya no sabía si era realmente Dios, el Creador.

Entonces comenzó a gestarse el tercer error. El más grave de todos.

El desafío femenino y el mal genio del Creador, provocaron una gran tormenta. Un torbellino de contradicciones cayó sobre Dios cuyo delicado equilibrio, ya de por sí difícil de sostener, comenzó resquebrajarse. Exasperado, incapaz de superarlo por las limitaciones que ya hemos visto, se hundió en un enfado profundo, que crecía y crecía sin poder controlarlo, hasta que se transformó en odio oscuro e insondable, que culminó en la ruptura del equilibrio de los poderes que formaban a Dios. Sucedió la mayor tragedia de La Creación.

Dios explotó y se escindió en dos mitades dando vida eterna al Bien y al Mal. La primera explosión, el parto fue el origen de la materia, la segunda dio vida al Bien y al Mal. Tan tremenda fue ésta última, que nunca se puso saber con exactitud el límite divisorio entre ambos. Están mezclados en la Naturaleza y forman parte de ella. Los poderes de la Nobleza, que formaban al Dios único, tuvieron que acompañar la escisión participando de ambos poderes. La probabilidad de que suceda uno u otro comenzó a regir en ese instante. Pero la Nobleza, que era muy astuta, se escindió también y formó parte del Bien y del Mal.

Las leyes de la Naturaleza se hicieron inciertas. Un cataclismo es tan posible como un amanecer. No había un orden establecido. Lo más trágico de todo es que Dios dejó de ser eterno. La escisión divina introdujo un tiempo para el Bien y otro para el Mal.

Desde entonces Dios y Satanás, están juntos ansiosos por volver a unirse nuevamente y aspirar a la eternidad perdida. Por eso el bien de hoy es el mal de mañana o viceversa.

Pero el día no había terminado aún. Dios, enfadado con la mujer, casi sin controlarse, la acusó de maligna, la rodeó de serpientes, demonios y manzanas. Ella sonreía, miraba al hombre y su utensilio. Sabía que estaba ansioso de imitar a la serpiente. Enroscarse en su cuerpo y hacerla vibrar.

Dios perdió la paciencia y la compostura. Exasperado la echó del Paraíso. Ella se fue contenta, llevándose al hombre consigo, cogido por el instrumento de la disputa...

Algunos historiadores han dicho que fue al revés y el expulsado del Paraíso fue el mismo Dios. No me extrañaría porque ese día se prestaba para cualquier desatino.

Al ver a la mujer llevarse al hombre cogido por su enhiesto miembro Dios se enfureció
mucho más aún y comenzó a vociferar.

— Maldita seas. Serás castigada por los siglos de los siglos...— Le gritaba ofuscado mientras los veía marcharse. Sus rabietas dejaban huellas. No encontraba un escarmiento adecuado. Necesitaba un tiempo para pensar. Como no atinaba a encontrar algo efectivo, la castigó con los dolores del parto y además, enfurecido agregó lo peor...

Tu deseo será el de tu marido y él se enseñoreará de ti

Estas palabras forjaron el futuro machismo. Entonces, obnubilado por la ira, Dios creó la muerte. Puso un límite a la vida del hombre para que jamás pueda crecer como para hablarle de igual a igual.

— Esta criatura humana no vivirá demasiado. Debe morir antes de aprender a vivir.

Pero ya era tarde. La Creación había sido testigo que por causa de la mujer, el poder de Dios era limitado. El eterno malhumor con que se lo representa actualmente en las imágenes, es por la tremenda bronca de aquel día, que aún perdura.

También ese mismo día, sin proponérselo, había creado la culpa. Se sintió culpable de lo sucedido y no dejó de echárselo en cara a los humanos, que lo aceptaron humildemente, tanto es el amor que le profesan. Así es como los hombres cargaron con la culpa divina.

Cuando después de un rato pudo calmarse (pudieron haber sido siglos) reflexionó en los desatinos ocurridos. Todo había salido mal. Ahora eran dos y la guerra recién empezaba. Por causa de su rabieta había perdido la identidad y creado a Satanás que reclamaba su parte del mundo. Eran todos hijos del mismo Creador. El padre, el hijo y el demonio.

Lo pintaron como una paloma blanca cuando en realidad es un buitre negro. Desorientado como tantas otras veces, Dios se convenció de que este asunto lo había desbordado.

Todo sucedió intempestivamente. Estaba tan resignado a su suerte que solo atinó a descansar para poder recuperarse de sus desventuras. Eso sucedió el séptimo día.

Por la mañana amaneció con una resaca, que solo se alivió cuando llegó Satanás a negociar el reparto de las almas. Se saludaron con simpatía… Iban a estar juntos el resto de la eternidad… Mejor llevarse bien desde ahora.

—Siéntate y conversemos— le dijo a Satanás









[1] Ya entonces los había.
[2] No puedo precisar este recorrido. Puede ser infinito, o no.